Un nuevo contrato social

Vivimos inmersos en un cúmulo de crisis anidadas —crisis económicas, ecológicas, políticas, culturales y existenciales— que se retroalimentan entre sí y se despliegan, al menos, desde 2008. Esta idea, trabajada desde la teoría de la complejidad por autores como Edgar Morin y quienes analizan la “policrisis” contemporánea, sugiere que no afrontamos problemas aislados, sino un quiebre sistémico más profundo: la crisis del modelo de persona y de sociedad que hemos construido.

En el fondo, lo que se ha deteriorado no es solo la economía o la política, sino nuestra manera de ser juntos. Parece haberse entrelazado una peligrosa alianza entre maldad —entendida como egoísmo que antepone el interés propio al bien común— y estupidez, en el sentido que le dio Carlo M. Cipolla: “una persona es estúpida si causa daño a otras personas o grupos sin obtener ganancia alguna, o incluso perjudicándose a sí misma”. Prefiero suavizar el término y hablar, como José Antonio Marina, de insensatez: una ceguera moral y cognitiva que bloquea el juicio crítico y habilita el daño colectivo.

Frente a esta deriva, resulta urgente debatir y acordar un nuevo contrato social que nos permita iniciar un proceso de reconstrucción compartida. No se trata de nostalgia ni de utopías irrealizables, sino de reorientar el rumbo de nuestras sociedades hacia un horizonte de justicia social, responsabilidad y dignidad humana.

La ética como pilar transversal

El corazón de este nuevo pacto debe ser la ética. No una ética ornamental o retórica, sino una ética operativa que atraviese la economía, la empresa, la política, la educación y la cultura. Necesitamos recuperar un modelo de persona ética, capaz de pensar más allá del beneficio inmediato, de reconocerse interdependiente y corresponsable del destino colectivo.

Muchos sobreestiman la importancia de los sistemas económicos o los modelos políticos. Pero la verdad incómoda es esta: si la maldad o la insensatez ocupan los puestos de poder, cualquier sistema —capitalista, socialista o mixto— acabará inclinándose hacia el daño, el extractivismo y la desigualdad. El problema no es solo estructural; es también antropológico y moral.

Por eso, el nuevo contrato social debería refundar nuestras instituciones políticas, económicas y sociales desde criterios éticos claros: servicio público, transparencia, cuidado de lo común y responsabilidad compartida.

Liderazgo, educación y economía al servicio de las personas

Surgen aquí preguntas ineludibles:

  • ¿Cómo elegir líderes que gobiernen con criterios éticos y orientados al bien común, tanto en la política como en la empresa y las administraciones públicas?
  • ¿Qué cambios necesita el sistema educativo para formar ciudadanos libres, críticos y autocríticos, solidarios, responsables y abiertos a la universalidad humana?

En el terreno económico, no se trata de destruir el mercado, sino de recuperarlo para las personas. El libre mercado ha demostrado una enorme capacidad de crear y distribuir riqueza a gran escala; negarlo sería absurdo. Pero debe ser regulado y orientado para que resuelva problemas sociales reales y no solo maximice beneficios privados.

El ejemplo de China muestra el poder transformador del mercado combinado con un fuerte control estatal —aunque lamentablemente bajo un régimen autoritario—. Nuestro camino debe ser el contrario: más ética y más democracia, no menos.

Democracia, evolución y rechazo del dogmatismo

¿Qué transformaciones requiere la democracia liberal? Autores como Markus Gabriel o Paul Collier han señalado que “el capitalismo necesita ser gestionado, no derrotado”. La clave no es la ruptura violenta del sistema, sino su transformación evolutiva.

Incluso Marx pensaba el socialismo como una evolución del capitalismo, no como su pura negación. La pregunta actual es cómo actualizar esa transición sin provocar colapsos sociales o autoritarismos.

Collier acierta al criticar tanto las ideologías rígidas como el populismo simplificador. Ambos ofrecen respuestas rápidas a problemas complejos y ya demostraron su fracaso en la crisis sistémica de las primeras décadas del siglo XX.

Las ideologías no son malas en sí mismas —libertad, igualdad y justicia son valores indispensables—, pero se vuelven peligrosas cuando se aplican como rodillos dogmáticos, sin sensibilidad al contexto ni evaluación de consecuencias. Necesitamos principios firmes, pero políticas flexibles, dialogadas y revisables.

Diálogo, comunidad y construcción colectiva

La transformación social solo será posible si recuperamos el diálogo genuino y la construcción colectiva. Esto implica abrir espacios de deliberación real entre ciudadanía, instituciones, empresas y organizaciones sociales.

Aquí convergen propuestas del comunitarismo y del movimiento cooperativo: personas libres que crean riqueza, pero lo hacen solidariamente, reconociendo su pertenencia a comunidades de destino compartido.

La ciudadanía debe recuperar tanto sus derechos como sus obligaciones. No basta con exigir al Estado; debemos también asumir nuestra corresponsabilidad en lo común. El nuevo contrato social debe articular relaciones más equilibradas entre Estado y ciudadanía, y entre los propios ciudadanos.

Hoy, paradójicamente, tanto la izquierda dominante como la derecha populista exaltan lo individual y olvidan lo colectivo. Sin un equilibrio sano entre ambos, la democracia se vacía y el bien común se disuelve.

Contención de la maldad y defensa de la democracia

Para que este proyecto sea viable, necesitamos mecanismos de contención frente a la maldad (corrupción, fraude, violencia, abusos) y frente a la insensatez que la ampara por pasividad o victimismo estéril.

No puede haber transformación social si dejamos el liderazgo en manos de quienes instrumentalizan la ideología para sus propios fines. El verdadero fundamento de esta agenda no es ideológico, sino ético y pragmático: cuidar la vida común.

Una última advertencia

Aunque la ética sea el eje de este nuevo contrato social, debemos cuidarnos de la superioridad moral. El riesgo es convertirnos en una nueva “élite virtuosa” que se cree autorizada a guiar al resto. La ética que necesitamos no es arrogante, sino humilde, dialogante y autocrítica.

Solo así podremos reconstruir una sociedad basada en la libertad responsable, la solidaridad efectiva y el bien común compartido.

Porque, al final, la pregunta decisiva no es solo qué sistema queremos, sino qué tipo de personas queremos ser juntos.

2 comentarios sobre “Un nuevo contrato social

  1. Qué razón tienes en la argumentación.

    Es muy fácil destruir todo lo conseguido, con esa mezcla de soberbia y cortedad de miras que impera.

    Los ejemplos de liderazgo a nivel mundial tampoco ayudan mucho: matonismo, dictaduras, populismo, y uso de la fuerza.

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