La inteligencia colectiva en tiempos de polarización

1Vivimos tiempos convulsos.

Quisiera lanzar una reflexión sobre la realidad actual que estamos viviendo y no necesariamente desde planteamientos sociológicos o análisis políticos, sino desde otras disciplinas que nos ayuden a descubrir otro tipo de causas, que complementen los análisis de la realidad con una mayor profundidad y complejidad, y con el objetivo de incidir en una transformación social de mayor impacto.

Nunca habíamos tenido acceso a tanta información, tantos canales de comunicación y tantas posibilidades de participación pública. Sin embargo, la percepción social dominante parece apuntar en dirección contraria: crece la desconfianza institucional, aumenta la polarización política, se multiplican los discursos simplificadores y cada vez parece más difícil mantener conversaciones complejas sobre los problemas que compartimos.

La fragmentación social se ha convertido en una de las características más visibles de nuestras democracias. También en España. Los grandes debates públicos suelen presentarse como enfrentamientos entre bloques ideológicos cerrados, donde cada grupo interpreta la realidad desde sus propios marcos de referencia y donde la adhesión al bando, a la tribu, parece tener más importancia que la búsqueda de la verdad.

Como profesional vinculado durante años a la intervención social, la dinamización comunitaria y los procesos de transformación social, me llama la atención comprobar cómo muchas veces las personas que viven problemas muy similares terminan enfrentadas entre sí, mientras las causas profundas de esos problemas se consolidan de manera inamovible. La crispación se convierte en la dinámica movilizadora y la construcción de soluciones colectivas queda relegada a un segundo plano.

Quizá una parte de la explicación pueda encontrarse fuera de la política y más cerca de cómo funciona nuestra mente. Por ello, me gustaría introducir en esta reflexión, como proponía al principio, la perspectiva de la neurociencia, desde el punto de vista de la educación y de la psicología.

El filósofo y pedagogo José Antonio Marina sostiene que nuestro cerebro es el resultado de una evolución que produjo soluciones eficaces para sobrevivir, pero no necesariamente para afrontar las complejidades de las sociedades contemporáneas. Algunos mecanismos asociados a la búsqueda de recompensa inmediata, la necesidad de pertenencia al grupo o la reacción rápida ante amenazas pueden volverse especialmente vulnerables en entornos digitales diseñados para capturar nuestra atención y nuestras emociones, y en sociedades como las actuales, donde los procesos de cambio suceden con asombrosa rapidez.

Desde esta perspectiva, la polarización no sería únicamente un fenómeno político. También podría ser un fenómeno cognitivo.

Nuestro cerebro tiende a buscar certezas, simplificaciones y pertenencias. Los discursos dogmáticos ofrecen exactamente eso: respuestas sencillas para realidades complejas, identidades claras frente a la incertidumbre y la tranquilidad emocional de sentirse integrado en un grupo que comparte una misma visión del mundo.

Marina aporta además una idea especialmente relevante para comprender la situación actual: la inteligencia no es únicamente una capacidad individual. Existe una inteligencia compartida que depende de los contextos en los que vivimos. Los entornos pueden potenciar o deteriorar nuestras capacidades para comprender la realidad. Cuando un contexto premia la impulsividad, la desinformación o el enfrentamiento permanente, acaba produciendo comportamientos acordes con esas dinámicas. Cuando promueve el pensamiento crítico, la cooperación y la deliberación razonada, favorece una inteligencia colectiva más madura.

Esta idea me parece clave. No es suficiente con preguntarnos si tenemos ciudadanos inteligentes. También debemos preguntarnos si estamos construyendo contextos inteligentes.

Porque una sociedad que vive permanentemente instalada en la confrontación termina generando comportamientos confrontativos. Una sociedad que normaliza la corrupción termina desarrollando una cierta tolerancia cultural hacia ella. Y una sociedad que convierte al adversario político en enemigo acaba deteriorando la convivencia democrática.

A esta reflexión podríamos unir otra aportación procedente de la neurociencia: la metacognición. Diversos enfoques neurocientíficos destacan que una de las capacidades más valiosas del ser humano es la posibilidad de observar sus propios pensamientos, identificar sesgos y cuestionar sus respuestas automáticas. Esta capacidad permite salir del «piloto automático» y reducir la influencia de reacciones impulsivas o narrativas asumidas acríticamente.

Aplicado a la vida política, este planteamiento  resulta esclarecedor  y necesario. No podemos aplicar principios ideológicos construidos en décadas anteriores para afrontar los problemas sociales y económicos actuales. Yo mismo me descubro muchas veces cayendo en respuestas rápidas ante determinadas noticias, discursos o acontecimientos.

Resulta fundamental que fuésemos capaces de cuestionar las ideas de nuestro propia “tribu” con la misma exigencia que lo hacemos con el adversario y tratar de contrastar la información recibida para evitar el sesgo de confirmación, dar por válido sólo aquello que confirma nuestras creencias.

Por ejemplo, en el caso de la vivienda de gran trascendencia actual, las soluciones se han posicionado también en dos bandos enfrentados, cuando el problema de la vivienda se encuentra en la esfera de lo estructural, es una cuestión compleja y, por lo tanto, debemos buscar soluciones complejas y estructurales.

Durante estos días, me encuentro en medios de comunicación y redes sociales personas de la esfera de la izquierda que se empeñan en justificar que “la construcción de vivienda no es la solución”. Me temo que se trata de una afirmación para justificar los decretos impulsados por el gobierno y quitarle fuerza a esa propuesta de construir viviendas que desde posturas ideológicamente contrarias se viene haciendo.

Pero también del otro lado, personas que insisten en el libre mercado y en la necesidad de no controlar a los propietarios en las dinámicas económicas que genera el sector inmobiliario, para movilizar la salida de vivienda en alquiler.

Muchas de estas manifestaciones se instalan en la simplificación y en la confrontación. No se tiene en cuenta las consecuencias que algunas de estas medidas pueden tener en sentido negativo ante lo que se pretende defender.

No, la solución requiere de varias medidas que interactúan mutuamente. Claro que es necesario construir más vivienda, a la vez que es necesario proteger a los inquilinos, pero también a los propietarios. Y por supuesto controlar y actuar frente a los abusos de grandes o pequeños propietarios, pero también frente a los abusos de los inquilinos. La realidad, amigos, no es blanca ni negra.

Y si tan grave es el problema de la vivienda, por qué no alcanzar un pacto de estado. ¡Partidos políticos, agentes sociales, medios de comunicación, entidades sociales y asociaciones, en las que incluyo ONG’s, y sociedad en general, salgamos de nuestras trincheras!

Me gustaría señalar otra perspectiva que nos ayudaría a transitar por este camino del diálogo y de los acuerdos.

Las aportaciones de Mario Alonso Puig pueden añadir un elemento esperanzador. La neuroplasticidad demuestra que las personas pueden modificar hábitos mentales, desarrollar nuevas formas de interpretar la realidad y transformar patrones de conducta profundamente arraigados. Este planteamiento tiene una enorme relevancia social.

Si los individuos pueden cambiar, también pueden hacerlo las comunidades y las organizaciones. Las culturas sociales no son inmutables. Los territorios marcados por la desconfianza pueden generar nuevas dinámicas de colaboración. Las comunidades fragmentadas pueden reconstruir vínculos. Los grupos enfrentados pueden encontrar espacios de cooperación cuando se crean condiciones adecuadas para ello.

Esa ha sido, precisamente, una de las enseñanzas más valiosas que he encontrado en el trabajo comunitario.

Cuando las personas se encuentran en torno a problemas concretos y objetivos compartidos, las identidades ideológicas se desdibujan. En barrios, asociaciones, proyectos comunitarios o iniciativas de inclusión social he visto colaborar a personas con visiones muy distintas porque existía un propósito común que estaba por encima de sus diferencias.

La proximidad genera matices. El conocimiento mutuo reduce prejuicios. La acción compartida construye confianza.

Por eso, si queremos avanzar hacia una sociedad menos polarizada y más cohesionada, las respuestas deben operar simultáneamente en tres niveles.

En el plano personal necesitamos desarrollar pensamiento crítico, autocontrol, capacidad de reflexión y conciencia de nuestros propios sesgos. Necesitamos más ciudadanos capaces de pensar antes de reaccionar.

En el plano comunitario necesitamos fortalecer los espacios de encuentro, los vínculos. Asociaciones vecinales, entidades sociales, proyectos participativos y experiencias de colaboración siguen siendo algunas de las mejores escuelas de democracia que existen.

Y en el plano estructural necesitamos instituciones que premien la cooperación más que la confrontación, una educación que enseñe a pensar además de transmitir conocimientos, medios de comunicación comprometidos con la complejidad y entornos digitales que no basen su éxito exclusivamente en la explotación de nuestras reacciones emocionales.

La transformación social no depende únicamente de cambiar gobiernos. Depende también de cambiar las dinámicas culturales que los hacen posibles.

Quizá el gran desafío de nuestro tiempo no sea elegir entre unos y otros, sino construir una inteligencia colectiva capaz de afrontar problemas complejos sin quedar atrapada en trincheras ideológicas. Porque, como sugiere José Antonio Marina, los seres humanos no pensamos solos: pensamos dentro de contextos. Y la calidad de esos contextos determinará en gran medida la calidad de nuestra democracia, de nuestras comunidades y de nuestro futuro compartido.

  1. Este artículo fue redactado con la asistencia de un modelo de lenguaje de IA y editado minuciosamente por un humano para garantizar su precisión y estilo ↩︎