¿Qué hacemos con la generación millennials? ¿Y con la zeta?

Las generaciones más jóvenes en edad activa laboral, están protagonizando algunas situaciones que ponen en cuestión condiciones del mercado laboral y de la gestión organizacional, asentando procesos de cambio que se vieron reforzados, sobre todo, a partir de la crisis de la COVID 19.

En un momento, en el que el mercado laboral está manifestando dificultades como la escasez de mano de obra, la asimilación de las próximas jubilaciones de los baby boomers o la transformación digital de los procesos productivos; millennials y zetas comienzan a demandar trasformaciones de un mercado laboral obsoleto que afecta a la propia gestión organizacional e incluso a los procesos productivos, inmersos todavía en un profundo proceso de cambio.

Evidencia de esta realidad son algunas de las manifestaciones que han adquirido cierta relevancia social, como la nueva tendencia Quit Tok: dimitir de su puesto de trabajo o denunciar malas condiciones laborales a través de las redes sociales, en especial a través de Tik Tok. Esta moda viral se denomina así, a partir del juego de palabras entre Quit, dimitir, y la red social Tik Tok.

Uno de los casos que popularizaron esta tendencia es el de la británica Brittany Pietsch que puso en tela de juicio la forma de actuar del departamento de RR.HH. de la empresa en la que trabajaba, evidenciando una clara falta de argumentos o mediciones objetivas por las que le estaban planteando su despido. En España, contamos con ejemplos como el de Carmen Merina que a través de un vídeo en Tik Tok, puso en evidencia las condiciones laborales precarias que estaba sufriendo, lo cual derivó en su despido que también divulgó a través de este medio.

Muchos medios de comunicación y analistas, ya se han hecho eco de estos movimientos, ganándose sus protagonistas tanto detractores como convencidos seguidores. Huyendo de posturas maniqueas del blanco o negro, trataremos de extraer algunos aprendizajes o cuando menos algunas reflexiones.

En primer lugar, considero que es importante escuchar lo que tienen que decir y proponer las personas más jóvenes. Sus manifestaciones no deberían ser juzgadas solamente desde criterios tradicionalmente asentados en el ámbito de las relaciones laborales, porque algunos podrían estar ya superados o en proceso de transformación.

En segundo lugar, esta visión de millennials y zetas podría estar evidenciando un malestar directo con el capitalismo desencarnado y que las distintas crisis que hemos sufrido (la crisis financiera, la crisis sanitaria y la crisis inflacionista actual) vienen confirmando la necesidad de transformar, recuerden lo del “refundar el capitalismo” (crisis del 2008).

Esta negación de las reglas que regían un sistema económico basado en la explotación infinita de recursos, en la obtención del beneficio económico por encima de otros valores, en la exaltación del presencialismo, en obviar el impacto en la comunidad o en reconocer el interés de clientes solamente a través de eslóganes bonitos; es una evidencia de un cambio cultural profundo, desatado por las últimas crisis y que han golpeado de manera notable a las generaciones más jóvenes.

Millennials y zetas han desacralizado el trabajo, manifestando descontento ante condiciones laborales precarias que ya no encajan en sus expectativas. Salarios peores que los de sus progenitores, la falta de flexibilidad, desconexión entre los valores personales y los de las propias empresas, conducen a estas generaciones a renegar de la hiperocupación, a alcanzar el éxito mediante esfuerzo y compromiso desmedido, y a renunciar al trabajo como fuente de estatus.

El triunfo ahora se busca a través de empleos con jornadas laborales más cortas y flexibles que dejen tiempo para la conciliación. Un concepto de conciliación también transformado y que desborda las meras responsabilidades familiares, valorándose mucho más disponer de tiempo dedicado al crecimiento y desarrollo personal. Los profesionales hiperactivos y con largas jornadas laborales, han pasado de moda.

Estamos ante una devaluación del trabajo y el esfuerzo. Algunos pensarán que precisamente ese es el problema de España, la pérdida de entrega y esfuerzo como fórmula para aumentar la productividad. Porque si no lo hacemos así, vendrán otros países más competitivos como China que se quedarán con el mercado.

Sin embargo, podemos ya constatar cómo China ha comenzado a realizar la misma transición que aquí narramos, puesto que sus cotas de desarrollo los han conducido al mismo camino. Se está detectando una creciente desafección por el esfuerzo. La juventud china ya no quiere trabajar en las manufacturas, ante un futuro sin expectativas. Se han hecho conscientes de las condiciones de semiesclavitud de sus progenitores que no quieren reproducir.

Un nuevo fenómeno, ir a la oficina en pijama, que ha puesto de moda una influencer china al estilo Quit Toker, llamada Kendou, refleja también esta tendencia. El origen de esta protesta fue cuando el jefe de Kendou le reprendió por acudir a trabajar con un estilo informal y descuidado. Este movimiento se ha extendido, como una de las expresiones del clamor de la juventud china que busca cambiar las cosas en el ámbito laboral.

Se trata, por tanto, de un cambio cultural a nivel mundial, que se manifiesta también a través de creencias. En realidad, podríamos estar ante un cambio de paradigma, en el que el compromiso con la empresa ya no se evidencia a través de largas jornadas laborales, sino que éste ahora comienza a tener otros códigos.

Ya nadie cree en la meritocracia, en trabajar como si fueses a heredar la empresa o en alcanzar el éxito a través de los negocios. Por el contrario, se valora notablemente aquellas empresas que son coherentes con un sistema de valores y los ponen en práctica a través de sus grupos de interés y la comunidad. Digo de manera coherente e incluso medible, porque también se comienza a desconfiar de leguajes técnicos anglosajones que ocultan objetivos contrarios a los que predican u ocultan realidades de precariedad: offboarding, team building, freelance, etc. Es decir, los estilos de gestión no cambian, sólo los términos con los que se denominan.

Uno de los ejemplos citados de Quik Tok, pone en evidencia las políticas de personal de las compañías y la necesidad de articularlas adecuadamente para que las personas no se sientan cosificadas, incluidos los procesos de desvinculación laboral. Cada día se reivindica con mayor ahínco la necesidad de poner en el centro a las personas, pero de manera constatable no sólo en las memorias de RSE u eslóganes que evidencian una falta de coherencia entre lo que se dice y lo que se hace.

Estas reacciones de las generaciones más jóvenes, suponen también un peligro reputacional para las empresas y compañías, ya que las redes sociales se han convertido en escaparate o altavoz de denuncias y reivindicaciones, afectando de manera importante la sostenibilidad de las mismas. Así, podemos encontrar casos en los que las compañías se han visto obligadas a contrarrestar esta imagen negativa trasladada a las redes sociales por personas extrabajadoras. No sólo las citadas más arriba, si no también otras con gran repercusión mediática como la protagonizada por Tangana en La Sexta en el programa “Lo de Évole”.

Pero este movimiento protagonizado por millennials y zetas, no sólo reciben likes, sino también numerosas críticas. Por ejemplo, hay quien considera que son negativas para sus protagonistas, afectando de forma notable a su futuro laboral. Además, consideran que dichas manifestaciones responden sólo a intereses individuales, sin alcanzar éstas un plano colectivo y de defensa de los derechos laborales.

Sin embargo, considero que las consecuencias que puedan provocar estas acciones, dependerá del modelo de persona o perfil identitario que configure a las personas que las ejercen. La clave la encontraremos en cómo y con qué finalidad lo hagan. Usar las redes sociales para evidenciar malas prácticas empresariales o realidades de trabajo precario, no es bueno ni malo, en todo caso lo será en función de cómo se haga y con qué fin.

Evidentemente, si las personas protagonistas de estos vídeos sólo buscan su propio beneficio o se posicionan desde una postura victimista para alimentar su ego, el alcance de su denuncia o reivindicación será corto y posiblemente no tenga un mayor impacto que los miles de visitas que pueda obtener en su perfil durante un periodo corto de tiempo.

Sin embargo, si las personas protagonistas de estas denuncias se trascienden a sí mismas y aportan desde un fin superior, basado en sólidos valores, sus reivindicaciones visibilizarán realidades que necesariamente deberán superarse en favor del bien común, ganando apoyos sostenibles en el tiempo e, incluso, convirtiéndose en colectividad para hacer frente a la cara más oscura del mercado laboral.

Por otro lado, en estos casos, la acción reivindicativa podrá convertirse en oportunidades de empleo o desarrollo laboral para sus protagonistas, ya que compañías que requieran de talento y valores, podrían encontrar en las personas impulsoras de estas iniciativas, candidaturas idóneas para cubrir sus necesidades de personal.

Como estamos viendo la realidad es poliédrica y tenemos, también, que poner en evidencia las muchas empresas que ya se han alineado con la irrupción de esta nueva cultura y que han entendido que su sostenibilidad depende de una profunda transformación de su modelo productivo y organizacional, donde las personas ocupen realmente el centro en sus procesos de gestión.

Porque no todo es blanco o negro, sino que depende del fin y de los medios a utilizar, siempre acordes con ese fin, llamado a trascender particularidades concretas, para proyectarse siempre hacia el bien común.

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