Movilizar el cambio cuando las ganas de cambiar se han perdido

Autoconocimiento y necesidades en exclusión social1

A la mayoría no nos mueve “el deber”, nos mueve una red de necesidades que es imposible ignorar. Cuando las necesidades personales toman forma —seguridad, pertenencia, identidad, libertad— entonces aparece la energía para decidir. No antes. Y esto, en exclusión, es ley de gravedad. La voluntad se activa por necesidad.

El malentendido de la “falta de motivación”

En intervención social, decir “no está motivada” es casi un diagnóstico tácito. Pero la motivación rara vez es un rasgo; suele ser un estado que emerge cuando se dan condiciones mínimas de seguridad, sentido y posibilidad. La literatura clásica sobre necesidades humanas lo ha explicado desde hace décadas: podemos usar a Maslow como mapa flexible —no rígido— para recordar que la urgencia por sobrevivir y estar a salvo condiciona el resto, y que las personas persiguen múltiples necesidades a la vez y con prioridades culturalmente situadas.

Frente a una persona agotada por la exclusión —rechazos acumulados, puertas que no se abren—, exigir “actitud” es como pedirle a un teléfono sin batería que haga una videollamada. Antes de hablar de “cambio”, toca hablar de carga, descanso, conexión y propósito. Ahí es donde el autoconocimiento centrado en necesidades no es un lujo teórico; sino primeros auxilios motivacionales.

Por qué el mundo de las necesidades es el mejor acelerador del cambio

Max‑Neef centra bien el tema, poniendo las cartas sobre la mesa: las necesidades son pocas, universales y no jerárquicas; lo que cambia son los satisfactores —los medios con los que intentamos cubrirlas—, que pueden ser sinérgicos, insuficientes o directamente destructivos. La distinción entre necesidad (interna) y satisfactor (externo) es una brújula práctica: no confundimos “lo que necesito” con “lo que estoy usando para taparlo”. Cuando alguien identifica que el aislamiento “anestesia” hoy, pero destruye afecto, identidad y participación mañana, abre una grieta por la que se cuela la posibilidad de elegir otra cosa.

Además, en Trabajo Social es un clásico trabajar con necesidad sentida (lo que la persona percibe y prioriza) y necesidad real/normativa (lo que los criterios técnicos detectan). No son enemigas: son dos lentes que, superpuestas, enfocan mejor. Ignorar la necesidad sentida es una receta para la resistencia; ignorar la necesidad objetiva es una invitación al riesgo. El buen diagnóstico social dialoga entre ambas.

El giro clave: del “tienes que cambiar” al “¿qué necesidad te pide cambiar?”

Las personas cambian y activan su voluntad de cambio cuando una necesidad duele o late lo suficiente como para reclamar acción. Por eso, la conversación no empieza por “tienes que buscar trabajo”, sino por:

  • Protección: “¿Qué te ayudaría a sentirte más a salvo esta semana?” (seguridad habitacional, salud, rutinas).
  • Afecto y pertenencia: “¿Con quién te gustaría volver a conectar sin sentirte juzgada?”
  • Identidad: “¿Qué parte de ti te gustaría recuperar?”
  • Autonomía y libertad: “¿Qué decisión pequeña te devolvería tener el control hoy?”

Ese desplazamiento del consejo a la identificación de la necesidad concreta, convierte el cambio en algo propio, no en una orden. Aquí la investigación y las guías de práctica coinciden: partir de la subjetividad, traducirla a criterios objetivos y volver a la persona con opciones que respeten su agenda.

Un programa de experiencias que recargan la batería

Sin experiencias de éxito (aunque sean diminutas), no hay gasolina para el viaje. Propongo una escalera corta, y no porque “poco sea suficiente”, sino porque lo primero es posible:

  1. Vinculación segura: un espacio donde me escuchan antes de pedirme nada.
  2. Necesidades sentidas: nombrar lo que duele y lo que deseo sin defenderme.
  3. Mapa de necesidades (Max‑Neef) y satisfactores: ver qué me ayuda y qué me hunde.
  4. Doble ventana: lo que siento necesitar y lo que realmente necesito para estar mejor según indicadores sociales (vivienda, ingresos, salud, red).
  5. Micro‑metas: pasos de 48–72 horas que suban un punto mi percepción de control (asistir a una actividad breve, actualizar un documento, salir a caminar con alguien).
  6. Participación (antes que empleo): talleres creativos, grupos de apoyo, acciones comunitarias. La pertenencia repara identidad y abre puertas a la inserción.
  7. Prelaborales cortas, orientación acompañada, y entonces sí: itinerarios de inserción sociolaboral.

El empleo como medio, no como fin

Hablar de empleo cuando alguien está roto por dentro suena a idioma extranjero. Hay que traducir: trabajo = protección (ingresos estables), identidad (soy alguien que aporta), participación (vuelvo a pertenecer a un nosotros), autonomía (decido). La evidencia actualiza a Maslow en clave digital y social —hoy la seguridad incluye ciberseguridad, la pertenencia incluye conectividad, y la autorrealización pasa por espacios de creación y voz—; pero el fundamento permanece: si no siento cubierta la base, no sostengo los niveles superiores.

Max‑Neef nos recuerda además que no todo lo que calma, cuida. Hay satisfactores que “funcionan” a corto plazo y arrasan a largo: aislarse, consumir, aguantar violencia “por techo”. Nombrarlos sin culpabilizar abre la puerta a sustitutos sinérgicos: redes seguras, grupos de iguales, hábitos que alimentan (descanso, paseo, arte), servicios que protegen.

Tres preguntas que cambian la conversación

  1. Si mañana te levantaras y algo pequeño estuviera mejor, ¿qué notarías primero en tu cuerpo o en tu día? Ancla la necesidad en lo sensorial y observable. Saca el cambio del discurso y lo trae a la vida.
  2. ¿Qué estás haciendo hoy que te ayuda un poco… y qué estás haciendo que te ayuda ahora, pero te daña mañana? Aparecen satisfactores verdes y rojos sin juicio. Elegir se vuelve posible.
  3. ¿Cuál sería el primer paso tan pequeño que te daría un 1% más de tranquilidad o de control? La micro‑meta como experiencia de autoeficacia. La batería se va cargando.

Un apunte para equipos: necesidad sentida ≠ capricho; necesidad real ≠ imposición

En la práctica profesional, funciona mirar cada caso con cuatro focos (Terry Bradshaw):

  • Sentida: lo que la persona percibe;
  • Expresada: lo que pide;
  • Normativa/real: lo que indican estándares y datos;
  • Comparada: lo que otros en su misma situación reciben.
    Trabajar entre focos —no contra ellos— evita dos errores clásicos: psicologizar problemas estructurales o tecnificar el sufrimiento subjetivo.

Las herramientas de diagnóstico social actuales, que organizan necesidades en integridad/supervivencia, integración, autonomía e identidad, ayudan a objetivar sin despersonalizar. La idea no es “ganar la discusión”, es alinear el plan de ayuda con lo que la persona siente y con lo que el contexto exige para que esté a salvo.

Cerrar el círculo: del autoconocimiento a la acción

Autoconocerse no es mirarse al espejo, es mirarse con propósito: ¿qué necesidad me está llamando hoy?, ¿qué hago con esa llamada? Cuando la persona nombra la necesidad, reconoce los satisfactores que la alimentan (y los que la sabotean), y acuerda un primer paso compatible con su vida, entonces sucede lo más difícil: se autoriza a intentarlo.

Mi experiencia —y la evidencia— apuntan a lo mismo: la motivación aparece cuando la necesidad tiene voz y encuentra camino. Llamémoslo dignidad, autonomía o simple realismo. La transformación personal, en exclusión, no empieza en el “tienes que”, empieza en un “esto es importante para mí” dicho en primera persona y es aquí cuando por fin aparece el sentido que empuja.

Responsabilidad social y de las administraciones públicas 

Pero la transformación social no sólo es responsabilidad individual. No es una pelea en solitario.

La responsabilidad individual es una pieza del puzle, pero sin un contexto que favorezca el cambio no hay trayecto sostenible. La sociedad en su conjunto y especialmente las redes comunitarias, tienen la tarea de reducir estigma y barreras, generar espacios de pertenencia y oportunidades reales de participación. Hablo de barrios y pueblos que cuidan, entidades que tejen vínculos, empresas que abren puertas a segundas oportunidades y medios que no criminalizan la pobreza. Sin un entorno que legitime la dignidad y habilite la posibilidad, pedimos a las personas que salten sin red.

Las administraciones públicas, por su parte, deben garantizar derechos y servicios accesibles (vivienda, salud mental, ingresos mínimos, formación flexible, cuidados) coordinarse para que la ayuda llegue en tiempo y forma, con continuidad. Políticas de activación e integración social, políticas activas de empleo con acompañamiento emocional, ventanillas únicas, menos burocracia punitiva y más itinerarios personalizados, son condiciones de posibilidad para las personas en situación de exclusión social. La intervención social es corresponsabilidad: individuos, profesionales, comunidad y Estado. Sólo así el cambio persona se vuelve probable y no un acto heroico excepcional.

  1. Dedicado a María José Bureta, profesional de la salud y voluntaria que me dio la idea ↩︎

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