“Pienso, luego existo”. Hola, ¿hay alguien ahí?

Dos anécdotas que me ocurrieron hace unas semanas, durante un viaje a Madrid, me llevaron a detenerme —quizá más de lo habitual— en una tendencia que, cada vez con mayor claridad, parece abrirse paso entre nosotros: la convicción de poseer la verdad. Y, con ella, la facilidad para tratar a quien no la comparte con desprecio, con vehemencia o, en ocasiones, con una agresividad que nos resulta difícil justificar. No es, seguramente, la única forma de interpretarlo. Pero sí una que merece ser pensada.

La primera escena tuvo lugar en la carretera. Viajábamos un grupo de amigos en caravana, camino de Madrid. El conductor, tras un camión, inició la maniobra de adelantamiento después de comprobar que el vehículo que venía por detrás se encontraba a una distancia prudente. Sin embargo, la velocidad a la que este circulaba hizo que nos alcanzara antes de que termináramos la maniobra.

Lo llamativo no fue eso, sino lo que vino después. Ese vehículo nos adelantó y se colocó delante, reduciendo considerablemente su velocidad. Al intentar adelantarlo de nuevo, aceleró, obligándonos a volver a colocarnos detrás. Entonces, se abrió el techo del coche y apareció una mano haciendo el gesto obsceno que todos conocemos. Permaneció ahí unos segundos, suspendida en el aire como una afirmación muda, antes de que el coche acelerara y desapareciera de nuestra vista.

La segunda escena transcurrió en las escaleras mecánicas del metro. Ya se sabe que quienes venimos de provincias tenemos cierta tendencia a ocupar todo el ancho, dificultando el paso a quienes desean avanzar con más prisa por la izquierda. Mientras un amigo y yo charlábamos sin demasiada atención, un estruendo metálico a nuestras espaldas nos hizo girarnos. Un hombre descendía saltando con brusquedad los peldaños. Mi amigo se apartó instintivamente y aquel hombre pasó a toda velocidad, con los auriculares puestos, sin una palabra, sin un gesto.

Escenas cotidianas. Inofensivas, incluso, si se quieren ver así. Y, sin embargo, algo en ellas incomoda cuando se observan con un poco de distancia. Es cierto: hay prisa, hay estrés, hay reacciones impulsivas que a veces se nos escapan. Pero aun teniendo en cuenta todo eso, sorprende lo sencillo que resulta cruzar una línea invisible: la que separa la incomodidad de la desproporción.

Tal vez, junto a la emoción, actúe algo más sutil: una certeza silenciosa, casi automática. La sensación de que uno tiene razón. Y de que el otro —por torpeza, por desatención o por simple irresponsabilidad— está en falta.

¿Podría haberse reaccionado de otro modo? Incluso admitiendo cierta razón, ¿por qué no un “disculpe, ¿me deja pasar?” en el metro? ¿O, en carretera, la posibilidad —aunque solo fuera por un instante— de preguntarse si la propia velocidad no excedía lo razonable?

Vivimos, cada vez más, rodeados de juicios. Y quizá el problema no sea solamente que pensemos poco, sino que —muchas veces— pensamos desde marcos demasiado estrechos. Pensamos, sí, pero lo hacemos desde certezas que rara vez sometemos a examen. Y así, el diálogo se vuelve difícil: no porque falten argumentos, sino porque sobran convicciones cerradas.

Si este clima se manifiesta en pequeñas escenas cotidianas, ¿qué ocurre cuando lo trasladamos a espacios de mayor alcance —el trabajo, la educación, la política, la convivencia social—? En esos ámbitos, la misma lógica se amplifica. Y lo que empieza como incomodidad termina, no pocas veces, en polarización, en enfrentamiento o en bloqueo.

Fue en ese punto donde apareció en mi mente Descartes. No tanto el filósofo de manual, sino su gesto: el de detenerse y dudar. La duda metódica, en su origen, no pretendía resolver problemas sociales, sino encontrar un fundamento indudable para el conocimiento. Pero, releída desde hoy, encierra una invitación sencilla y exigente a la vez: poner en cuestión aquello que damos por evidente.

Descartes dudó de los sentidos, de la vigilia, incluso de la propia realidad, para llegar a una certeza mínima: pienso, luego existo. Pero, más allá de ese punto de llegada, su recorrido señala algo valioso: nuestras certezas no siempre son tan firmes como creemos.

Entendida así, la duda no debilita. Al contrario, introduce un saludable falibilismo:

  • Nos invita a justificar lo que pensamos, en lugar de darlo por sentado.
  • Nos obliga a revisar nuestros propios marcos, evitando que se conviertan en cárceles invisibles.
  • Abre el espacio del diálogo, al sustituir la certeza inamovible por una disposición a escuchar.

En una línea similar, el falibilismo racional de Karl Popper insiste en algo que, en estos tiempos, conviene recordar: que toda idea humana es provisional. No porque todas valgan lo mismo, sino porque todas —también las nuestras— pueden estar equivocas.

Esto no nos condena a la duda permanente, sino que nos sitúa en un equilibrio más exigente: el de sostener convicciones… sabiendo que pueden necesitar corrección.

  • La certeza absoluta es inalcanzable, pero la búsqueda de la verdad no lo es.
  • La racionalidad no consiste en tener razón, sino en exponerse a perderla.
  • La crítica no destruye el conocimiento; lo afina.
  • Y la discrepancia, cuando es honesta, no separa: construye.

Confieso que siempre me han producido cierta inquietud —incluso un leve temor— las personas excesivamente seguras de sí mismas. No aquellas que transmiten serenidad desde una convicción trabajada, sino quienes se instalan en posiciones rígidas, impermeables, ajenas al contraste.

Porque ahí, en esa certeza cerrada, suele gestarse el juicio. Y del juicio, al paso de descalificar al otro como ignorante, inútil o incluso despreciable es, a veces, demasiado corto. A partir de ese punto, ya no se dialoga: se corrige, se impone o, en el mejor de los casos, se ignora.

Por eso, con el tiempo, he aprendido a valorar una cierta forma de inseguridad. No la que paraliza, sino la que obliga a pensar mejor. La que nos permite poner en cuarentena lo propio y abrirlo al contraste con lo ajeno. La que, sin renunciar a tener ideas, nos impide confundirlas con verdades definitivas.

Quizá solo así podamos acercarnos a algo que merezca llamarse verdad. No mi verdad, ni la tuya, sino una que, sin ser absoluta, sea al menos compartible, discutible y honestamente construida.

Pero para eso hay una condición que no siempre estamos dispuestos a aceptar: reconocer al otro como igual. No como obstáculo, no como adversario a corregir, sino como alguien con quien pensar.

Tal vez entonces —y solo entonces— lo importante no sea si pensamos más o menos, sino cómo pensamos.

Y, quién sabe, quizá en ese gesto más humilde, más incómodo y más lento, descubramos que convivir no es convencer… sino comprender.

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