La inflación de identidades y la escasez de conciencia

Cada vez defendemos con más intensidad identidades relativas. Sin embargo, los grandes retos de nuestro tiempo exigen una conciencia más amplia, capaz de integrar al individuo, la comunidad y el bien común.

Nunca, posiblemente, hemos tenido tantas posibilidades para definir quiénes somos y con quién nos identificamos. Nuestra profesión, nuestro territorio, nuestra cultura, nuestras ideas, nuestras aficiones o nuestra forma de entender la vida pueden convertirse en elementos de identidad.

Y tener identidad es bueno. Necesitamos referencias que nos permitan construir nuestra personalidad, sentir pertenencia y encontrar nuestro lugar en el mundo.

El problema aparece cuando la identidad deja de ser una parte de lo que somos para convertirse en aquello que somos, es decir cuando se convierte en tribal. Cada vez más, existe mayor visibilidad, fragmentación o politización de determinadas identidades.

Cuando una determinada identidad ocupa todo el espacio de nuestra conciencia, cualquier diferencia empieza a percibirse como una amenaza. Dejamos entonces de relacionarnos con personas diferentes para relacionarnos con personas que pertenecen sólo a nuestro grupo.

Quizá uno de los problemas de nuestro tiempo no sea tanto la diversidad de identidades como nuestra dificultad para integrarlas dentro de una conciencia más amplia. El problema no es la multiplicación de identidades, sino su incapacidad para coexistir dentro de marcos compartidos.

La inflación de identidades

Las sociedades siempre han generado identidades. La familia, el territorio, la profesión, la cultura, las tradiciones o las ideas políticas han servido históricamente como elementos de pertenencia.

Lo que quizá está cambiando es la proliferación de identidades cada vez más pequeñas, específicas y emocionales. El problema de nuestra sociedad no es que tengamos demasiadas identidades, sino que nos cuesta cada vez más integrarlas en marcos compartidos de responsabilidad, convivencia y cooperación.

Las redes sociales, instituciones, la economía, los medios de comunicación y dinámicas grupales también influyen. Han acelerado este proceso.

Las redes sociales, por ejemplo, nos permiten encontrar rápidamente a quienes piensan como nosotros, comparten nuestros gustos o defienden nuestras mismas causas. Y esto tiene una consecuencia paradójica: cuanto más conectados estamos, más fácilmente podemos acabar encerrados en nuestras propias comunidades de pensamiento.

El algoritmo sabe qué nos gusta y nos ofrece más de lo mismo. Y nosotros, encantados.

El problema es que una sociedad no se construye únicamente a partir de personas que piensan igual. La convivencia exige precisamente aprender a relacionarnos con quienes no son como nosotros.

Por eso me preocupa que estemos desarrollando una enorme capacidad para defender nuestras identidades y, al mismo tiempo, una capacidad cada vez menor para trascenderlas. Ser capaces de construir acuerdos orientados hacia aquello que podemos reconocer como un bien compartido

¿Dónde aprendíamos a convivir?

Durante muchos años hemos tenido espacios que, sin que necesariamente fuéramos conscientes de ello, cumplían una función educativa extraordinariamente importante.

Asociaciones, movimientos juveniles, organizaciones vecinales, clubes deportivos, voluntariado, entidades sociales o grupos culturales.

No eran espacios perfectos. También había conflictos, diferencias, protagonismos y personas con las que no estábamos de acuerdo. Pero precisamente por eso eran espacios de aprendizaje.

Aprendíamos a escuchar, a organizarnos, a ceder, a asumir responsabilidades y a trabajar con personas diferentes. Y aprendíamos algo fundamental: formar parte de un grupo implicaba también aportar algo al grupo.

Muchos de estos espacios se han debilitado. Y quizá no estamos valorando suficientemente las consecuencias.

Porque una sociedad democrática no se aprende únicamente estudiando sus instituciones o conociendo las leyes. También se aprende participando, cooperando y experimentando en primera persona que nuestras decisiones tienen consecuencias sobre los demás.

Si desaparecen los espacios cotidianos donde aprendemos a convivir, ¿dónde desarrollamos esa conciencia?

Cuando las ideas dejan de mirar la realidad

Algo parecido ocurre con las ideologías.

Necesitamos ideas y marcos de interpretación para comprender la realidad. No podemos vivir sin ellos.

Pero una cosa es utilizar una ideología para interpretar la realidad y otra intentar que la realidad encaje necesariamente en nuestra ideología.

Cuando una idea deja de contrastarse con la realidad puede terminar convirtiéndose en una verdad incuestionable. Y entonces ya no necesitamos escuchar.

Si los hechos contradicen nuestras ideas, cuestionamos los hechos. Si una persona del otro lado plantea un argumento razonable, cuestionamos sus intenciones. Y si alguien de nuestro propio grupo discrepa, empezamos a sospechar de su compromiso.

Poco a poco, la pertenencia al grupo acaba siendo más importante que la búsqueda de la verdad.

La realidad, sin embargo, casi nunca es tan sencilla como nuestras explicaciones.

Por eso, quizá una de las manifestaciones de una mayor conciencia sea precisamente la capacidad de soportar la complejidad. No tener que clasificar inmediatamente a las personas. No tener que decidir si alguien es «de los nuestros» o «de los otros».

También ocurre en las organizaciones

Las organizaciones son un buen laboratorio para observar estos diferentes niveles de conciencia.

Pensemos en una empresa.

Una persona empresaria puede entender su responsabilidad exclusivamente desde el beneficio económico. Y es evidente que una empresa necesita ser rentable para sobrevivir.

Pero ¿es esa toda su responsabilidad?

¿Qué ocurre con las personas trabajadoras? ¿Y con la clientela, los proveedores o la comunidad en la que está instalada?

Una mirada más amplia no elimina el interés económico. Lo integra dentro de una realidad más compleja.

Pero exactamente lo mismo podemos plantearnos desde la perspectiva de quien trabaja en esa empresa.

También la persona trabajadora puede entender su relación con la organización exclusivamente desde sus propios derechos e intereses. Los derechos deben ser defendidos. Pero ¿qué ocurre con las responsabilidades?

¿Qué sucede cuando cada parte de una organización empieza a defender únicamente su propio espacio?

La persona empresaria mira por sus beneficios. La persona trabajadora por sus condiciones. El departamento por sus objetivos. Las personas consumidoras por su precio.

Todos pueden tener razones legítimas.

Sin embargo, si nadie es capaz de mirar el conjunto, la organización termina fragmentándose e incluso poniéndose en peligro.

Por eso creo que el problema no está únicamente en qué posición ocupamos, sino en desde qué nivel de conciencia ocupamos esa posición.

Una persona empresaria puede ser profundamente egoísta. Pero también puede serlo una persona trabajadora. Una persona política puede actuar pensando exclusivamente en su partido. Pero también puede hacerlo la ciudadanía pensando exclusivamente en sus intereses.

La cuestión no es solamente qué identidad defendemos. La cuestión es hasta dónde alcanza nuestra mirada. No necesitamos una sociedad sin identidades ni conflictos. Necesitamos instituciones y una cultura democrática capaces de convertir identidades e intereses diferentes en proyectos compartidos.

Madurar es ampliar el círculo

Quizá madurar, tanto individual como socialmente, tenga que ver precisamente con esto: ampliar progresivamente nuestro círculo de conciencia.

Soy individuo, pero también miembro de una familia.

Soy profesional, pero también ciudadano.

Pertenezco a una comunidad, pero también tengo responsabilidades sobre otras personas y sobre el entorno en el que vivo.

Una identidad no tiene por qué desaparecer cuando incorporamos otra. La conciencia puede funcionar como círculos que se amplían. El problema aparece cuando nos quedamos encerrados en el círculo más pequeño.

No se trata de negar los intereses personales ni de pedir a las personas que renuncien a sus derechos, sus ideas o sus identidades. Se trata de ser capaces de integrar nuestros intereses dentro de una realidad más amplia.

Quizá el verdadero desarrollo de la conciencia no consista en dejar de ser quienes somos, sino en comprender que somos mucho más que aquello con lo que inicialmente nos identificamos.

Del enfrentamiento a la construcción

La inflación de identidades puede estar generando una paradoja.

Tenemos más herramientas que nunca para expresar quiénes somos, pero quizá estamos perdiendo capacidad para construir un «nosotros». La identidad colectiva.

Y sin un «nosotros» resulta muy difícil afrontar los grandes retos que tenemos por delante.

La pobreza, la desigualdad, los cambios tecnológicos, la transformación del empleo, las migraciones o la propia polarización política no pueden resolverse desde identidades emocionales.

Necesitamos personas capaces de mirar más allá de su propio grupo. Organizaciones capaces de integrar intereses diferentes. Liderazgos capaces de escuchar. Y espacios donde las personas puedan aprender algo tan sencillo y tan difícil como convivir.

No creo que la solución pase por eliminar las identidades. Las necesitamos.

El problema aparece cuando las convertimos en fronteras.

Y quizá ahí esté una de las grandes tareas que tenemos por delante: pasar de una sociedad que se define cada vez más por aquello que la diferencia, a una sociedad capaz de reconocerse también en aquello que comparte.

Al final, quizá no necesitemos menos identidad.

Necesitemos más conciencia.

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