La máscara que nos construimos: cuando la identidad dificulta el cambio

Retomo aquí nuevamente la perspectiva reflexiva en torno a las identidades que he abordado en otros artículos y desde el punto de vista de la vertiente personal.

A pesar de ello, deberíamos evitar el error de pensar que la identidad es algo que nace únicamente en nuestro interior. En realidad, nos construimos en relación con otros. Somos, en parte, el resultado de nuestras experiencias, pero también de las expectativas, reconocimientos y límites que encontramos en nuestro entorno. Por eso, comprender a una persona exige mirar simultáneamente en dos direcciones: hacia su mundo interior y hacia las condiciones sociales que han contribuido a moldearlo.

Por ello, aunque nuestro enfoque se centra en la persona, no debemos olvidar nunca su contexto. El énfasis lo sitúo en esa perspectiva porque lo que propongo nuevamente es estimular la autoconciencia como resorte que ayude a movilizar el cambio.

La autoconciencia no garantiza el cambio, pero suele abrir un espacio desde el que éste resulta más posible.

¿Quién soy realmente?

Pocas preguntas resultan tan incómodas como ésta. Y, al mismo tiempo, pocas son tan importantes cuando acompañamos a personas que atraviesan situaciones de desempleo, vulnerabilidad o exclusión.

Con frecuencia pensamos que cambiar las circunstancias bastará para que una persona cambie. Sin embargo, la experiencia nos muestra que no siempre es así. Hay ocasiones en las que el principal obstáculo no está únicamente fuera, sino también en la forma en que la persona ha llegado a entenderse a sí misma.

Esto no significa ignorar el peso de los factores sociales. La pobreza, la precariedad, el desempleo prolongado, la discriminación o la falta de oportunidades dejan huella. No solo afectan a las condiciones de vida, también influyen en las expectativas, en la confianza y en la manera en que cada uno interpreta su propia historia.

La cuestión aparece cuando una circunstancia deja de ser algo que nos ocurre y pasa a convertirse en algo que creemos que somos. Cuando el «estoy desempleado» acaba transformándose en «no sirvo para trabajar». Cuando varios fracasos terminan convertidos en la certeza de ser un fracasado.Cuando la falta de oportunidades se convierte en la convicción de que nunca llegarán.

Es entonces cuando comenzamos a construir una máscara.

Todos llevamos alguna máscara

Utilizo aquí la metáfora de la máscara no en sentido clínico ni psicológico estricto, sino como una manera de describir aquellas narrativas personales que terminamos incorporando a nuestra identidad.

No me refiero, como máscara, a algo necesariamente negativo.

Carl Jung hablaba de la persona como esa parte de nosotros que mostramos al mundo. Más tarde, Erving Goffman describió la vida cotidiana como una sucesión de escenarios en los que desempeñamos distintos papeles.

Más allá de las teorías, la idea es sencilla: ninguno de nosotros se comporta exactamente igual en todos los contextos. Actuamos de una manera con nuestros amigos, de otra en el trabajo y de otra en el ámbito familiar. Eso es normal.

Además, a veces, llevamos máscaras que ocultan algo que no nos gusta de nosotros y suele ser contrario a la máscara que muestro. Me viene a la cabeza aquí el dicho de «perro ladrador, poco mordedor«. Hay personas que se manifiestan duras o incluso agresivas. Son como «cactus humanos». En realidad, lo que tratan de ocultar es su vulnerabilidad o debilidad.

El problema no es usar máscaras. El problema aparece cuando dejamos de ser conscientes de ellas y terminamos confundiéndolas con nuestra identidad.

Cuando una protección se convierte en una prisión

Muchas de nuestras máscaras nacen para protegernos. Quien ha sido rechazado repetidamente puede aprender a no exponerse. Quien ha acumulado fracasos puede dejar de intentarlo. Quien ha sido cuestionado durante años puede anticipar el juicio antes de que llegue.

En determinados momentos estos mecanismos ayudan a sobrevivir. El riesgo aparece cuando una estrategia temporal acaba convirtiéndose en una forma permanente de estar en el mundo.

Entonces aquello que nos protegía comienza a limitarnos.

La identidad del excluido

Esta reflexión me parece especialmente relevante cuando hablamos de exclusión social. La exclusión no solamente reduce oportunidades. También puede alterar la percepción que una persona tiene de sí misma.

Hace tiempo escribí sobre una posible crisis aspiracional. Cuando una persona se esfuerza durante años sin obtener resultados, puede llegar a pensar que sus decisiones apenas tienen influencia sobre su propia vida.

Y cuando esa sensación se instala, ocurre algo preocupante: deja de esperar que sus acciones produzcan cambios. La barrera ya no es únicamente externa. También es interna.

Hay frases que escuchamos con frecuencia en los procesos de acompañamiento:

«Yo soy así».

«No valgo para estudiar».

«A mí siempre me pasa lo mismo».

«Ya soy demasiado mayor».

A simple vista parecen descripciones de la realidad. Pero muchas veces esconden algo más profundo: una definición de identidad. No hablan solo de lo ocurrido. Hablan de quién cree la persona que es.

Y cuando una conducta o una experiencia pasan a formar parte de la identidad, cualquier cambio resulta mucho más difícil. Porque ya no estamos cuestionando una situación concreta, sino toda una narrativa personal.

La transformación de la propia narrativa no elimina las barreras estructurales (vivienda, desempleo, formación), pero puede ampliar el margen de acción con el que una persona enfrenta esas barreras.

Además, deberíamos también tener en cuenta que no toda persona con expectativas negativas no necesariamente desarrolla indefensión aprendida.

Una experiencia que me hizo pensar

Hace unas semanas, un joven llamó a la puerta de la agencia de colocación. Antes incluso de presentarse, me dijo:

«Soy una persona vulnerable. ¿Qué ayudas tienen?»

La frase se me quedó rondando durante días.

No porque la situación de vulnerabilidad no existiera. Existía.

No sé hasta qué punto aquella expresión reflejaba una identidad asumida o simplemente una manera práctica de solicitar apoyo. Si asumimos el primer planteamiento, lo que me llamó la atención fue cómo una categoría administrativa había ocupado el lugar de la identidad. La persona puede terminar interiorizando las identidades que el entorno le atribuye.

Y ahí hay un riesgo que quienes trabajamos en inclusión deberíamos evitar. Nadie es únicamente una persona desempleada, una persona inmigrante o una persona vulnerable. Puede estar viviendo esa situación, pero esa situación no agota todo lo que es.

Quizá una de las tareas más importantes del acompañamiento consista precisamente en ayudar a separar ambas cosas: distinguir entre lo que me ha ocurrido y lo que soy.

La terapia narrativa lleva décadas insistiendo en una idea que considero especialmente valiosa: la persona no debe confundirse con el problema que atraviesa. Michael White y David Epston resumieron esta perspectiva en una frase tan sencilla como poderosa: «la persona no es el problema; el problema es el problema». Quizá una parte importante del cambio comience precisamente ahí, cuando dejamos de definirnos por lo que nos ocurre y empezamos a reconocer que somos algo más amplio que nuestras dificultades.

La importancia de tomar distancia

Por eso suelo insistir tanto en la autoconciencia. No la entiendo como un ejercicio sólo de autoconocimiento, sino como la capacidad de observar nuestros pensamientos, nuestras emociones y nuestras conductas con cierta distancia.

Ese pequeño espacio cambia muchas cosas. Permite pasar de «soy así» a «he aprendido a comportarme así». De «no puedo» a «hasta ahora no he podido». Puede parecer un matiz menor, pero introduce algo fundamental: la posibilidad de que las cosas sean distintas.

Cuando conseguimos observar nuestra propia máscara, dejamos de estar completamente identificados con ella. Y es entonces cuando empieza a aparecer la libertad.

La cuestión no es quitarse la máscara

No creo que el objetivo sea vivir sin máscaras. Todos necesitamos roles, contextos y formas de adaptación. La pregunta importante es otra:

¿Elegimos nuestras máscaras o son ellas las que terminan decidiendo por nosotros?

El cambio suele comenzar cuando logramos distinguir entre lo que somos, lo que hemos aprendido y aquello que creemos que estamos obligados a ser.

Tal vez la auténtica transformación no consista en convertirse en alguien diferente, sino en descubrir que somos más que la historia que llevamos años contándonos sobre nosotros mismos.

Deja un comentario